Una voz hecha vida

En días pasados, dentro de una de las visitas realizadas a diversos sectores del municipio Páez, observé en un rincón de la vivienda que me recibió a un rostro marcado por las huellas de la vida. Abriéndome paso me acerqué y le extendí un cordial saludo.

Luego de escuchar con avidez el mensaje llevado y tomar notas en un raído cuaderno se levantó con dificultad de su silla y vestido con su rota mirada me expresó: «Compañero, gusto en saludarle personalmente». Conversamos fraternalmente y transcurridos unos minutos, con la constante compañía de una respiración entrecortada, señaló: «necesito que sea mi voz, necesito que sea usted el que vea mi mundo y que a través de sus palabras él sea parte del mundo de otros».

Al día siguiente, bajo una pertinaz lluvia y a la hora pautada crucé el umbral de un hogar carcomido por la pobreza pero coronado por la sencillez y dignidad.

Un café recolado sirvió para abrir las compuertas de una confidencia ansiosa de ser escuchada:

«Sesenta y dos años me han bastado para ver muchas aguas correr y muchos caminos andar. Me he hecho amigo del silencio pero necesito que mi voz sea escuchada. Nací en Barquisimeto en el año 1960. Nací con la democracia y crecí en libertad. Mi padre murió cuando tenía 9 años, «Romulero» hasta la médula, y mi madre me formó con esfuerzo y amor. A la edad de 25 me gradué de ingeniero y a los 29 años comencé a trabajar en una empresa de telecomunicaciones. Fui ascendiendo, con estudios y dedicación, hasta ocupar el cargo de Director General de Proyectos Estratégicos. Logré codearme con los más reconocidos profesionales en mi área, nacionales y extranjeros, adquirí todos aquellos bienes o baratijas que el dinero puede dar, engordé mi currículum junto con mi incapacidad para sentirme satisfecho, viajé incansablemente y me llené de vida al penetrar la historia y entender la cultura de diversos países.

Pero la vida da vueltas y los nubarrones comenzaron a penetrar mi cielo. Llegó la Revolución y con ella el declive de mi realidad. La empresa donde crecí profesionalmente se fué del país. Las inversiones se alejaron y mi área de formación no tuvo ya cabida en un país donde las ideas no son entendidas, respetadas ni valoradas.

Me negué a escapar de Venezuela y darle la espalda al país que me lo dió todo. No pude abandonar a mi madre. Noventa y un año le acompañan junto con lo que queda de mi.

Desde hace once años la enfermedad entró en mis raíces (Distrofia muscular facioescapulohumeral) y ya cada paso que doy me desploma en dolores e impotencia al no poder dar más. Vendimos lo que teníamos y nos mudamos a Acarigua. Inicié un proyecto propio pero al no ser de aquí se me hizo imposible insertarme en aquellos grupos que favorecen algunas inversiones y la obtención de favores.

Ahora usted observa lo que soy pero peor es lo que yo observo en otros. A diferencia de ustedes esos otros ni se asoman por aquí. Les da náuseas darnos la mano y no es por el llamado COVID-19. La miseria les da piquiña. Caminan sin principios ni valores y quieren estar bien con Dios y con el Diablo. Dicen ser dirigentes y son incapaces de conectarse con la gente. Lo único que conectan es su celular para hacer política desde sus casas o carros.

Sigan compañero. No desmayen. Sigan con su trabajo. Usted no cambie. Siga abriendo caminos con su bastón (una sonrisa afectuosa iluminó su rostro). No permita que las moscas le distraigan de lo mucho que vino a hacer a éste mundo».

Al terminar la conversación y despedirme con el alma inundada de la misma, caminé largamente y el oro de un sol tardío se extendia cálidamente. Las ramas de unos mangos murmuraban y me perdí en el murmullo de tantas voces venezolanas que anhelan recobrar su canto y poder ser escuchadas.

P.D. Compañero, tal como me pidió mantengo su nombre en reserva. Transcribo textual sus palabras, le aseguro que cumpliré lo que vine a hacer a éste mundo y le agradezco enormemente la riqueza de haberle conocido.

Aldo Rojas
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