QUO VADIS/ DE LA IMAGEN Y SEMEJANZA

Nuestro tema de hoy, pareciera el mandato bíblico de la creación del hombre en el Génesis; primera forma de verlo en ese ámbito de perfección ilusoria.

Jamás el hombre fue creado a esa imagen y semejanza de Dios, habría sido perfecto, y sabemos que desde allí vino con fallas, sobre todo en el entendimiento de las cosas. Irreverente, mezquino, vanidoso y obviamente contaminado de los siete pecados capitales.
De ser cierta la afirmación bíblica, valdría preguntarnos entonces que Dios es todo eso; pero como siempre tenemos esa imagen inmaculada y prístina del creador, pues llegamos a esa conclusión alegada, es el hombre terrenal el que se contaminó y quizás vino malo de fábrica.

Todas las cosas buenas y malas que nos rodean, son el molde de la creación de cada una de las generaciones que han poblado nuestro planeta en diferentes tiempos. Unas más que otras culturas arraigadas a parámetros que ese mismo tiempo ha ido venciendo.

El poeta clásico Ovidio, a través de su obra “Las Metamorfosis”, nos relata esa forma de creación de la imagen y semejanza, cuenta la historia del rey de Chipre Pigmaleon, quien se negó a casarse hasta encontrar a la mujer perfecta. Narra el autor en uno de sus pasajes lo siguiente:

“Pigmalión se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda a los rayos del Sol y se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras y haciéndose más dócil y blanda con el manejo. Al verlo, Pigmalión se llena de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatua otra vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos.”

Era su creación de la mujer perfecta, su Galatea, a la que Afrodita concedió darle vida bajo la condición de que debía protegerla de la maldad, amarla y que fuera feliz. Su felicidad añorada se vería cumplida bajo una forma perfecta utópica pero real.

Igual simbolismo ha sido recogido en el mundo de las letras, y diferentes escritores han echado mano a este mito que se conoce precisamente como “Pigmaleon”, el cual tiene su fundamento en aspectos psicológicos de lograr los objetivos planteados a través de la perseverancia y del deseo de hacer las cosas bien hechas.

Sobre este punto, existe amplia literatura y puntos de análisis que convergen en esta teoría.
Nuestra visión, también apunta a ver la situación de Galatea; mujer que viene de ser estatua pero perfecta, pero que dicha característica depende de la óptica de su creador.

Le falta su naturaleza propia, ese toque naturalmente lógico de la personalidad y de pensamiento. No nos dicen nada sobre esto los famosos escritores, vemos allí el vacío de que esta perfección emane como un molde creado por otro pero que dada las circunstancias anotadas de la imagen y semejanza, no sabemos si también tiene su parte de contaminación hacia lo perfectamente humano, es decir, hacia la naturaleza real de cometer errores.

El mito solo es visto como un logro del objetivo del autor, más no de la obra creada. La propia esencia de una mujer enmarcada en la pureza que el hombre ve, esa que le atribuimos a nuestras madres, esposas e hijas; pero que indefectiblemente son susceptibles del error.
Habida cuenta de ello, entonces la imperfección marca la necesidad de lo perfecto, o más semánticamente aludir al precepto que nadie lo es.

Esta mirada a un mito tan conocido, nos lleva a la aplicación del mismo en los ámbitos de la vida diaria.

En innumerables veces asumimos que lo que se hace o se dice está bien, sin ni siquiera permitir los espacios del error humano, el cual de suyo siempre formará parte de la existencia misma del ser.

Eso que vemos como obras concluidas perfectas, en su interior llevan el germen del mínimo del error o de falla. Si es una obra material, pues tarde o temprano demostrará su mal, y si se trata de personas, pues cada una demuestra lo que es con sus obras.

Si al mismo tiempo nos planteamos el conflicto de la verdad, del cual dependen la infinita gama de visiones de la realidad circundante, pues daremos paso al mayor de los dilemas del hombre desde que ordenó sus ideas.

De esta realidad nace el poder y la forma de dominación del hombre por el hombre.
La verdad atempera y engendra una visión a veces no tan perfecta como la de Galatea, y peor aún si hablamos de la política, la cual es el arte de desvirtuar precisamente a la verdad.

Ni Cicerón en Roma logró dominar los efectos de la verdad, esgrimió en el Senado moribundo ante la muerte de Julio César, el temor de la desaparición generalizada de quienes tenían el poder.

Esa indefendible imperfección hecha perfecta por el hombre, sigue atormentando el mundo de los hombres de poder en su afán de defender ideas, dinero y sumergidos en los mismos siete pecados capitales de la creación bíblica.

Hoy día, y como corolario a todo lo dicho, basta ver la extenuante publicidad de flayers y videos de una actividad política que en el trasfondo solo esconde la perfección de una estatua a la que Afrodita aún no ha convertido en humana, por lo que sigue siendo fría en su mármol y distante del calor de la gente. Una suerte de obra de gobierno que solo se ve por quienes tengan los teléfonos inteligentes y equipos de tecnología digital, pero con gobernantes muchas veces solos en sus laberintos, rodeados de sus lobos esteparios esperando a ver por quién doblan las campanas.

Rafael García González.

 

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