El Padrecito

¡Grandes maravillas hace cada día por nosotros el Señor! Y entre esas gracias está la oportunidad de coincidir en esta vida con seres realmente excepcionales, que calzados en las sandalias del pescador de Galilea nos muestran con su vida y ejemplo el rostro amoroso de Dios en medio de su pueblo; hoy la feligresía de la Diócesis de Acarigua – Araure y en especial de la parroquia Santa Elena despide con sentimientos entremezclados a su sacerdote Francisco Javier Berzosa Aparicio  quién cariñosamente era llamado “Padre Javier”; toda una vida dedicada al servicio de los demás, especialmente de los más necesitados, de los excluidos y de aquellos por los cuales muy pocos se atrevían a apostar, un servicio que llevaba implícito el hecho de desgastarse a sí mismo en la medida que iba dándose generosamente y sin condiciones a sus semejantes.

Vivir el evangelio a pleno y plenar su vida misma con las enseñanzas de Cristo fueron los caminos de ida y vuelta en cada una de las acciones que emprendió durante su apostolado; misionero ferviente y apasionado como su homónimo San Francisco Javier, educador incansable como San José de Calasanz, manso y humilde como San Francisco de Asís, valiente y perseverante como San Ignacio, empático con la sencillez de la vida como San Martín de Porres y siervo fiel sin titubeos ni dudas a ejemplo de María la madre de Dios, son sólo algunas de las características que denotaban el carácter de este buen pastor, que marcó profunda huella en la historia viva de los habitantes de nuestras comunidades.

Son innumerables las obras que impulsó, promovió y luchó para que se hicieran realidad en Santa Elena, las comunidades adyacentes y sus siempre amados caseríos de la zona rural, a los cuales atendía con especial afecto, quizás porque le hacían retornar con su aire fresco y natural a los albores de su vida en Palencia (España) el terruño que lo vio nacer; Iglesias, capillas, escuelas, centros de salud, bibliotecas, ambulatorios, entre otros, son parte del legado físico que nos heredó, siempre en la búsqueda de mejorar las condiciones de vida del pueblo, fomentando la enseñanza de la fe, el bienestar del cuerpo y del alma, así como una educación orientada al trabajo productivo, emancipador y  al compromiso con la sociedad y el desarrollo del entorno en que se vive.

Pero más allá de las estructuras físicas que son vestigio de su incansable labor en las cuales participó directa o indirectamente, el mayor legado es y será su ejemplo; son incontables las vidas que fueron tocadas por las acciones del padrecito, como amorosamente muchos le llegamos a llamar, no por pequeño, sino por la inmensa modestia y humildad que caracterizaba su forma de ser, así pues, no era difícil verlo sonrojarse y hasta en cierto modo incomodarse cuando se le reconocían públicamente sus virtudes, toda la honra y gloria, para él solo tenían un depositario: Dios mismo.

Son muchos los testimonios vivientes de hombres y mujeres que vieron su vida trastocada por la mano de este incansable pastor; profesionales en diversas áreas que recibieron el primer impulso por parte del padre, matrimonios consolidados, laicos comprometidos que hoy por hoy forman el cuerpo de la iglesia local agrupados en diversas comunidades cristianas, grupos de apostolado, misioneros y un nutrido grupo de muchachos y muchachas del grupo juvenil que dinamizan desde hace tantos años la parroquia, grupo fomentado y consolidado por el trabajo en conjunto del párroco y las Hermanas del Santo Ángel.

Igual de numerosas son las anécdotas y vivencias que nos marcaron y fueron signos indelebles de su avasallante personalidad, una capacidad infinita para ayudar a quien acudía en su auxilio con necesidades genuinas o aprovechándose de su incapacidad para dudar de las buenas intenciones del otro; lo poco que poseía estaba siempre al servicio de todos, se complacía en tener detalles para con todos, haciendo con sus propias manos el guarapo de papelón con limón que acompañaba de galletas para cerrar cualquier actividad en la iglesia o en el barrio, recolectando juguetes con gente de mayores posibilidades para llevarlos en el día de Navidad a los pequeños del barrio, movilizando contactos y ayudas para la semana deportiva y cultural, el mercadito de ropa, las jornadas de salud asistencial y cualquier iniciativa que implicara la lucha codo a codo con el pueblo en la concepción de un cristo cada vez más humano y cercano.

Hoy nuestra Iglesia le despide y recuerda su incansable faena con la tristeza propia de la partida de un ser tan querido por todos, pero a la vez consolados en la certeza de que el buen Dios le ha recibido en su seno con la alegría del padre que recibe a su hijo después de una larga espera; el cielo está de fiesta con la llegada de un hombre que dio todo de sí sin esperar nada a cambio; seguramente al compás de mariachis las puertas del cielo se abrieron y los ángeles entonaron la canción que tanto le gustaba cantar e identificaba su relación con el Dios en el que creía y en el que nos enseñó a creer “Qué detalle señor has tenido conmigo, cuando me llamaste, cuando me elegiste, cuando me dijiste que tu eras mi amigo”; hasta siempre pastor bueno, que la paz del señor te abrigue y que el eco de nuestras lágrimas, sonrisas, canciones, poemas y recuerdos que nos unen a ti se eleven cada mañana hasta el cielo con el rocío de la mañana y los primeros rayos del sol llanero que te vieron hacer de estas tierras un mejor lugar para los hombres y para la gloria el Señor…Gracias por tanto padrecito amigo. Richard Rico.

Escucha, oh pequeña gota, entrégate sin remordimientos, date a ti misma ese honor                                                       y en brazos del mar obtén la seguridad. ¿Quién en realidad podría ser tan afortunado?                                                                                     ¡Un Océano que corteje a una gota! En el nombre de Dios, en el nombre de Dios.

(Rumi).

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