Solicitantes de asilo dinamizan un pueblo del fin del mundo en Francia

PARIS/AFP.- Amenazado por el éxodo rural, un pueblo de montaña francés, Chambon le Château, eligió acoger a familias de solicitantes de asilo para que vuelvan a dar vida a este pequeño rincón del mundo a costa de un aislamiento difícil de soportar.

En el corazón de los montes de Lozère (centro), departamento menos poblado de Francia, Chambon le Château cuenta con 300 habitantes, de los cuales cerca del 20% son solicitantes de asilo.

En la niebla dorada de la mañana, entre las casas de piedra seculares, un cortejo de padres sirios, sudaneses o marfileños, madres vestidas con telas africanas, se dirigen a pie hacia la escuela con sus hijos de la mano. Los aldeanos franceses, por su parte, suelen dejar a sus hijos en coche.

Los dos grupos de adultos apenas se saludan. Pero los pequeños franceses, africanos, de Medio Oriente o asiáticos se abalanzan unos hacia otros para jugar en un alegre alboroto.

En Lozère, como en muchas zonas montañosas de Francia, muchas clases cerraron debido a la emigración de la población a las ciudades. Pero la escuela de Chambon le Château dispone de cuatro clases, una de ellas especializada en alumnos que no hablan francés -16 sobre un total de 46-.

«Para mi hijo de ocho años, es realmente una oportunidad de conocer a niños de diferentes países», dice Valerie, una residente de este pueblo que prefiere no dar su apellido. «Los niños se mezclan bien», señala una maestra, Marie Amélie Papon, que cuenta en su clase de preescolar con 11 alumnos procedentes de Costa de Marfil, Guinea, Sudán o Siria.

La organización de las clases es a veces «pesada» y hay que hacer malabares entre los alumnos francófonos y los que no hablan francés, pero la experiencia es «estimulante», según ella.

Experiencia en acogidas

La idea de acoger familias en busca de protección nació hace 16 años en Chambon le Château.

«El centro de acogida gestionado por la oenegé Francia Tierra de Asilo llegó en un momento en que el municipio se encontraba en crisis económica tras el cierre de una fábrica de lácteos y de un centro de formación profesional, que acogía a 80 jóvenes marginados de la sociedad», explica el alcalde Michel Nouvelle, de 62 años. «Teníamos experiencia en la acogida de personas con dificultades, quisimos continuar», agrega.

Se trata de una elección no necesariamente obvia en un país donde, en algunos lugares, los vecinos y alcaldes se oponen a la implantación de este tipo de estructuras.

En Francia, uno de los dos países que recibe más solicitudes de asilo en la Unión Europea junto a Alemania -110.500 primeras solicitudes en 2018, según Eurostat-, las plazas de alojamiento son muy insuficientes.

Ante la escasez, surgieron «campamentos» de tiendas de campaña y cobertizos, en particular en la región parisina.

Pero en Chambon le Château, «gracias a la presencia del centro de acogida, la escuela sobrevivió, la oficina de correos se mantuvo, hemos conservado empleos, una farmacia y hasta un médico», destaca el alcalde, mientras que muchos municipios franceses aislados se ven privados poco a poco de estos servicios.

Los solicitantes de asilo aportan unos 20.000 euros anuales al municipio e ingresos regulares a los particulares. Francia Tierra de Asilo los aloja alquilando casas y apartamentos pertenecientes al municipio y a propietarios privados, prosigue.

Difícil de vivir

Bajo un sol invernal, un puñado de africanos y sirios se sientan durante el día en los bancos de la plaza central, frente al ayuntamiento, para disfrutar del wifi gratuito y comunicarse con sus familiares más allá de las fronteras.

En este pequeño pueblo clásico de la montaña francesa, con su castillo del siglo XIV, su iglesia parroquial, su fuente y a 30 km de la primera ciudad, hay poco que hacer. Muchos pasan el día entre la plaza poco animada y su domicilio. El tiempo pasa lentamente.

«Este es el fin del mundo, es difícil de vivir», explica a la AFP Junior, un guineano de unos treinta años. Alrededor de él, otros 20 solicitantes de asilo consienten. Sus nombres fueron modificados por razones de seguridad.

Su «ociosidad» hace que, a veces, se hable del puñado de «refractarios» de la aldea, reconoce el alcalde. Sin embargo, recuerda que no se les permite trabajar durante el examen de su solicitud de asilo.

«El pueblo es hermoso, los habitantes son amables, por fin estamos a salvo, pero es muy difícil para nosotros vivir en un lugar tan aislado, sin poder trabajar, sin transporte público, sin supermercado, sin autonomía, con muy pocas clases de francés y sin posibilidad de ayuda psicológica», resume Nadim, un padre de familia sirio treintañero que llegó hace siete meses tras huir de la guerra que asola su país.

Enclave

«La movilidad es un gran problema. Estamos verdaderamente aislados», reconoce la directora del centro de acogida Mylène Moreau. La falta de transporte público en esta Francia rural afecta más duramente a los exiliados que a los habitantes, que a menudo tienen coches.

En cuanto al comercio, en el pueblo sólo hay una farmacia, un bar, una carnicería y una pequeña panadería-supermercado. Todos practican precios elevados por la modesta asignación alimentaria de los solicitantes de asilo -17 euros al día (unos 19 dólares) para una pareja con dos hijos-.

Ir a un supermercado o a un médico especialista es todo un tema. Para desplazarse hacia la primera ciudad más cercana, a una hora de camino, dependen del transporte organizado por el centro de acogida.

Para estos hombres y mujeres que afrontaron guerras, persecuciones y el peligroso camino del exilio, este cotidiano austero y bastante solitario puede iluminarse en algunas ocasiones con encuentros o actividades.

Awa, una marfileña, ayuda como voluntaria en el colegio y en el comedor escolar. «Estaba cansada de estar encerrada en mi casa», explica con una amplia sonrisa.

Shamim, de Bangladés, pidió una guitarra en la última fiesta de la música para cantar en público. Espera con ansias el verano para retomar los partidos de fútbol, uno de los raros momentos de interacción con los pobladores locales.

Este treintañero está, sobre todo, «impaciente» por tener derecho a trabajar. «Para mí, pero también para ser útil a Francia», dice.

Desde 2003, principalmente debido al aislamiento, sólo una familia de origen malgache permaneció en el pueblo tras obtener el estatuto de refugiados. Muchos padres y niños tuvieron que irse después de que se les denegara el asilo. En 2018, sólo 24% de los solicitantes recibieron una respuesta positiva en Chambon le Château.

En la escuela, cada partida es un desgarro. «Emocionalmente hablando es muy difícil», comenta Roxane Grousset, una maestra. «El día que nuestros alumnos se van, quedamos devastados», concluye.

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