Los candidatos mortadela o el dolor país

         Un viejo compañero de mi Liceo Unda comparte la preocupación por la indiferencia de la población. “¿Qué nos pasó? ¿Por qué perdimos la dignidad? ¿Qué sucedió con estas generaciones de 40, 50, 60 y más años, que ahora nos arrastramos, nos dejamos humillar, nos maltratan y lo seguimos permitiendo? Teníamos valores, principios. ¿Cómo hacemos para que nuestros ciudadanos recobren su capacidad de soñar y de luchar por un mundo mejor?”.

         Eso pensé yo, cuando vi la nota de prensa de un candidato en Barinas repartiendo mortadela. La insólita manera de burlarse del ciudadano que en diciembre pelea por un pedazo de cochino y ahora pretenden engatusarlo con un kilo de fiambre. Por lo menos en Cuba no hacen elecciones, porque con un solo partido, se hace lo que diga la cúpula comunista de esa isla maltratada y acabada, para andar mendigando como hace pocos años, un desodorante, un pedazo de carne o cualquier enlatado extranjero.

         No sé qué calificativo ponerle, de qué cabeza luminosa salió este cuadro kafkiano, dantesco o macondiano. ¿A qué estado de degradación han rebajado al ciudadano de este país, acosado por la más agresiva pandemia que se apodera de un cuerpo social mal alimentado, sin proteínas, sin medicinas, con unos centros asistenciales arrasados por la corrupción, la indolencia y la poca solidaridad de un régimen al que le importa un comino el ser humano?

         Uno ha visto regalar neveras, bonos, televisores, créditos para que no pague, misiones hasta por las orejas que no cumplen su objetivo. Hemos leído en El Pitazo cómo presionan a los transportistas aquí en Portuguesa,  para que hagan campaña por el partido de gobierno, a los empleados públicos y a los que poseen el carnet de la patria, porque aquello de casas nuevas no hay, pero sin dinero siguen abriendo urbanizaciones que han inaugurado hasta cinco y seis veces. Pero regalar mortadela y peor, tomarse la foto, me pareció la vaina más indigna tanto para el que la anda repartiendo, pidiendo votos, como el que la recibe como un mendrugo milagroso en medio de esta desolada nación, acabada por los que dicen dirigir sus destinos, entre ellos el que inició esta hecatombe con piticos despidiendo a más 15 mil trabajadores de la industria petrolera, para terminar 15 años después con una PDVSA arruinada, deteriorada y sin producir gasolina, menos exportar petróleo.

         Leyendo una entrevista que le hacen en Prodavinci a Pedro Enrique Rodríguez, psicólogo clínico sanitario egresado de la UCV y doctor en psicología de la UCV, vimos esa expresión del dolor país, tomada de su colega argentina Silvia Blechmar, para referirse junto a la calificación de sufrimiento sociopolítico de la psicóloga brasileña Bader Sawala, a dos ideas que “interceptan la vida social de Venezuela en todos los planos. Lo hemos visto, más allá de cualquier dimensión personal y desde hace muchos años, en la violencia: el temor a los asaltos, las experiencias de secuestro, propias o no. Es decir, hay una gran cantidad de elementos que dañan la sensación de convivencia, a lo que viene a sumarse la terrible condición migratoria que se activó, de una manera dramática, en 2016, lo que ha supuesto separaciones, pérdidas, duelo, tragedias, que se reflejan en quienes están dentro y fuera del país.” Todo ello ha deteriorado la psiquis del venezolano y comienza analizando “en las imposibilidades, en el dolor y el sufrimiento que ha causado el enorme desequilibrio entre un ciudadano, permanentemente vapuleado por distintas formas de violencia y el poder de un Estado que está a punto de cruzar la frontera del totalitarismo.” Este material hay que leerlo, porque tiene puntos clave para entender claramente a los actores de estos veinte años del proceso destructivo del aparato nacional.

         Y ello nos lleva a preguntar sobre los mecanismos para superar este drama inexplicable que vivimos en esta Venezuela, que siempre ha tenido la mala suerte de entrarle a los tres últimos siglos con muchos años de atraso. La urgente necesidad de organizarnos es fundamental. A pesar de ser una de las metas básicas y apremiantes del movimiento democrático venezolano, es la arista más olvidada, a pesar de las numerosas propuestas intentadas. La gasolina pudiera ser la mecha que prenda una implosión social que acabe con lo poco que queda de país. Sin embargo, la protesta es un legítimo derecho y hay que ejercerlo civilizada y constitucionalmente. Si nos organizamos, todos juntos, en una misma dirección, las fuerzas del orden terminarán respaldando al pueblo en su más sencilla aspiración a vivir mejor, o como hace 20 años. IVÁN COLMENARES

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